El clásico Hotel Avión de Madrid se convierte en el
emblema de un viejo oficio que quiere ser «respetable»
Lo dijo el ahora alcalde de Madrid: «Hay que acabar con el cinismo
de no reconocer que la prostitución es una profesión;
hay que legalizarla e impedir que pueda ejercerse en la calle».
Si ese es el espíritu, a Gallardón le agradará la
filosofía del negocio de este nuevo lupanar madrileño
José Antonio Fúster - Madrid.-
Una showgirl del «Hotel Avión» es una bailarina,
no una prostituta. Su misión es subir la tensión de los
clientes. Es posible que ni siquiera acepten tomarse una copa con un
cliente. Del resto se encargarán las señoritas que recorren
la discoteca Esa mujer es una diosa de piernas perfectas sobre unos
tacones de infarto que la elevan más de un metro ochenta. La
melena rubia, lisa, limpia, le llega hasta una cintura de vértigo
que se desnuda entre una falda breve, pero honrada, y un pecho asombroso.
Lo mejor son sus ojos verdes, de mujer fatalísima, y la sonrisa
con que se presenta y te da dos besos. Esa mujer, la rusa, es un sueño
que tiene un precio: desde 60 euros por un alivio rápido de
media hora. Esa mujer es una puta que ofrece sus servicios en la mancebía
más moderna de todo Madrid: el Hotel Avión, carretera
de Barcelona, kilómetro 12,400, abierto siete días a
la semana de cinco de la tarde a cinco de la mañana.
¬
Se tiene que forrar, ¿no?
Y Manuel, el jefe de sala, con treinta y seis años de experiencia
tras el smoking impoluto y las canas bien peinadas hacia atrás,
te aclara el error: «¿Qué va! Los españoles
prefieren las suramericanas, son más melosas, más dulces.
Te enganchan con su sonrisa y con un «mi amor» o con un «papito» y,
además, ¿fíjate!, no asustan.
¬¿
Cómo que no asustan?
¬
No te lo creerás, pero esa rusa hace mucho menos dinero que
esa señorita, la bajita que va por ahí (una suramericana
que no llega al metro sesenta, melena azabache, ojos negrísimos,
piel tostada). Es increíble, pero a los españoles nos
intimidan esas maravillas de mujeres como las rusas o las brasileñas. ¿Sabes
por qué? Pues porque muchos españoles todavía
se creen que tienen que quedar como campeones cuando se acuestan con
una de estas señoritas. Y no debería tratarse de eso.
Se supone que las señoritas no están para que les des
placer, sino para darte placer a ti. Pues nada. Mira, hay gente dispuesta
a gastarse medio millón de pesetas en una botella de champagne
para obsequiar a una señorita del Este, pero a la hora de irse
a la cama... eso es otra cosa. Es alucinante, pero tienen miedo de
no estar a la altura.
Tres horas de conversación con Manuel (que no quiere que le
llame de «don») y con don Justo, uno de los socios del
novísimo «Hotel Avión Showgirls» ¬un «profesional
del negocio de la hostelería» con los mismos años
de experiencia que el jefe de sala ¬ y uno sale graduado en sociología
del cliente y MBP (máster in business prostitution».
Lo primero que tiene que tener un puticlub de altura (al dueño
del hotel ¬no a los socios del negocio¬ no le gusta la palabra «burdel»,
piensa que es ofensiva), es un aparcamiento protegido de las miradas
de los curiosos. El del «Hotel Avión» está guardado
por una valla forrada de tela verde y custodiado por aparcacoches que
cuadran los automóviles (el día que fuimos a establecer
las bases de este reportaje, en el párking se alineaban desde
un formidable BMW hasta un Renault 5 con sueños de desguace).
«
Acabar con el cinismo»
El resto, o lo más importante, es comprobar si el hotel cumple
los requisitos de Ruiz Gallardón, hoy alcalde de Madrid, quien
aseguró: «Hay que acabar con el cinismo de no reconocer
que la prostitución es una profesión; hay que legalizarla
e impedir que pueda ejercerse en la calle, así como terminar
con la figura terrible del proxeneta y conseguir que las prostitutas
accedan a controles sanitarios periódicos».
Desde luego, el Hotel Avión no está en la calle. Su situación
es privilegiada, a pocos kilómetros del centro de Madrid, pero
no está en una vía de paso, no tiene vecinos impresionables,
no está en los alrededores de un merendero y jamás se
ha visto a un niño, ni siquiera en la distancia. Don Justo es
enérgico:
«
Lo que dice Gallardón está muy bien, pero nosotros vamos
más lejos todavía. El futuro no está en esos locales
oscuros y cutres del centro de Madrid, sino en ofrecerle al cliente
la posibilidad de tomarse una copa en un sitio con estilo, con la mejor
música, con bailarinas de altura. Las señoritas que vienen
a trabajar a este hotel no son pesadas. Si el cliente no quiere nadade
sexo, sólo venir a tomar algo y a pasárselo bien en un
gran local, ellas no le molestarán».
La clave, la segunda clave de lo que quiere Gallardón está encerrada
en el párrafo anterior: «las señoritas que vienen
a trabajar a este hotel». La filosofía del negocio de
este lupanar es que las prostitutas no son trabajadoras del hotel,
sino clientas que pagan una cantidad determinada por el alojamiento
o por el uso de las habitaciones. Ni la dirección del hotel
ni sus empleados fijan las tarifas que ellas quieran o puedan cobrar
a los clientes. «Aunque sí orientamos en torno a un mínimo.
Pero no te creas que sólo les damos una habitación, no.
Fíjate que hasta les ofrecemos un catering en la madrugada para
que puedan descansar y recobrar fuerzas».
Es curioso, pero para subir al Avión hay que bajar unas escaleras. «Buenas
noches, bienvenido. La entrada son quince euros (diecinueve en festivos)
con derecho a una consumición».
¬
Es caro...
¬
No, no lo es ¬aclara don Justo¬. Lo que es evidente es que
nuestra clientela no son jovencitos de 18 años. Sí que
tenemos muchos clientes jóvenes, bien entrados en la veintena,
y creemos que, incluso para ellos, quince euros no es un precio alto
por entrar a un local que tiene un servicio magnífico y unos
disc-jockeys de primera. No estoy exagerando. Nuestros camareros son
unos estupendos profesionales y hemos contratado a dos de los mejores
pinchadiscos del mercado. No, no es caro si eres consciente de que
hay jóvenes que pagan hasta treinta y cinco euros por entrar
en una discoteca... ¿y sin derecho a consumición!».
La «discoteca» del hotel es una barra grande, de madera,
bien iluminada. Los camareros llevan pajarita, el jefe de sala lleva
smoking, las señoritas visten con cierta elegancia, ninguna
cae en la chabacanería de enseñar ligueros y ropa interior.
¬
Eso es muy importante ¬señala Manuel¬. Aquí el
cliente no tiene la sensación de que hay sexo explícito.
Sabe que hay sexo, sabe que tiene la oportunidad de contratar los servicios
de una de estas señoritas, pero no se lo estamos metiendo por
los ojos. No queremos ser vulgares. Eso no es rentable.
Originales sí que son, y a modo. Las paredes del local están
salpicadas de monitores en los que se televisan documentales del mundo
submarino. En el momento que entramos en el hotel, una morena (ese
habitante de las profundidades, no la suramericana) estaba hincando
el colmillo a un pobre pez en apuros. «En este caso es lo mismo
que te comentaba antes. No es cuestión de ser vulgares».
El español quiere morbo
Sin embargo, en esa búsqueda de la «elegancia»,
otros locales de Madrid que ofrecían una ambiente distinguido
han tenido que cerrar, como el «showgirls» que nació después
de la defunción de la histórica discoteca «Oh!
Madrid» en la carretera de La Coruña... «Sí ¬confirma
Manuel¬. Ese es el problema de importar una filosofía americana
del negocio, con bailarinas espectaculares que luego te pueden hacer
un pase privado o un table dance , pero a las que no puedes tocar.
Eso en España supone un fracaso absoluto. El cliente español
tiene que tener la sensación de que si quiere, puede. Y esto
funciona igual si los caballeros que vienen sólo desean tomarse
una copa y relajarse. Por supuesto pueden llegar con la única
idea de tomar un copa, pero el negocio debe ofrecerles el morbo de
saber que pueden tener algo más que música y espectáculo».
El espectáculo de las «showgirls», que no son prostitutas,
que a veces ni siquiera aceptan tomarse una copa con un cliente, sirve
para alegrar el ojo a los clientes. En el momento en el que entramos
en el local, una italiana prodigiosa se encarama a uno de los dos «escenarios»,
colocadas a derecha e izquierda del gran «ocho» que forma
el bar. Su cuerpo de atleta sube por la barra metálica al ritmo
de la música; un breve giro, una pierna que se enrosca al símbolo
del deseo femenino y la «showgirl» desciende de espaldas
mientras se quita, muy despacio, sin brusquedades, por favor, alguna
de las prendas que le adornan.
¬
Y las señoritas... ¿limpias?
¬
Esa es nuestra idea. En un par de semanas tendremos un médico
que vendrá a visitar a las señoritas que lo requieran.
Además, les recomendamos que se hagan análisis periódicos.
Si una persona corriente debería hacerse un chequeo anual, estas
mujeres tendrían que pasar por la consulta del médico
por lo menos una vez al mes. Pero no sólo por los clientes,
sino por ellas mismas.
¬¿
Y cómo es el juego?
¬
El modelo básico es que el cliente llega, sólo o con
otros. Siempre hay un juego de miradas con alguna de las señoritas.
Una de ellas se acerca y el caballero siempre tiene la posibilidad
de decirles que no. Puede ser tan sencillo como que no sea su tipo,
aunque aquí el nivel es alto. Bueno, pero una vez que la señorita
se sienta junto a él, comienzan a hablar, y eso también
saben hacerlo las señoritas que vienen a trabajar al hotel.
De ahí salen las copas y varias posibilidades.
¬¿ Cuales?
¬
En principio hay dos. La primera sería que el cliente quiera
estar más tranquilo. Para eso tenemos cinco reservados con una
iluminación regulable a petición del cliente y con un
servicio de camareros dispuesto sólo con apretar un botón.
Desde el reservado se sigue viendo la barra y el mundo que se mueve
a su alrededor, «showgirls» incluidas, y por supuesto se
escucha la música, aunque más baja. Los reservados son
de diferentes tamaños, en función de si viene un grupo...
por ejemplo de futbolistas, que tiene las mismas necesidades de divertirse
que cualquier otra persona, pero que necesita intimidad, o si viene
una persona sola, o dos caballeros que vienen a cerrar un negocio (muy
común). Además, todos tienen un acceso directo con la
calle y con las habitaciones de la planta de arriba. ¿Ojo! En
los reservados no hay sexo. No queremos que se convierta en algo cutre.
¬ Y el sexo, entonces...
¬
Primero la señorita y el cliente acuerdan un precio que nosotros
no fijamos. Eso es «mérito» de la señorita.
Lo que sí hacemos es orientar para que no haya problemas. Media
hora, no menos de 60 euros, más un «kit» que tiene
que comprar el cliente en la recepción del hotel y que es una
garantía esencial de higiene. Toallas desechables, sábanas
desechables y un preservativo de primera marca. Lo hemos cuidado tanto
que hasta hemos atendido la recomendación de las señoritas,
a las que les suele desagradar el olor del preservativo. Por eso hemos
encargado con sabor a fresa...
¬ Y si el cliente se alarga...
¬
Le facturamos seis euros más, lo que cuesta el «kit»,
cada media hora. ¿Quieres ver las habitaciones? Hasta los canales
de televisión son gratuitos, y me refiero a películas
que en otros hoteles son de pago.
¬
Sí, ¿ah!, muy bien. Tienen aspecto como de NH.
¬
Además de que hay un servicio permanente de limpieza...
¬
Y la pregunta ahora es: ¿y toda esta inversión es rentable?
Y entonces don Justo sonríe entre socarrón y amable mientras
dice: «Son muchos años en el negocio... en el negocio
de la hostelería. Sabemos lo que va a ser rentable, y esto,
sin duda, lo va a ser».
¬ Pero inaugurar en julio, cuando el verano es un tiempo
de escasez...
¬
Hay que hacerse con una clientela, que sepan que estamos aquí,
cerca de casa, abiertos. Que nos conozcan y ya te contaremos dentro
de un año. Ahora tenemos entre 60 y 80 señoritas que
vienen a trabajar aquí. Creemos que el éxito llegará cuando
la demanda nos obligue a proporcionar alojamiento a entre ciento treinta
y ciento cincuenta. Ahora tienes que ver las medidas de seguridad...
Nosotros no somos el «club social Barajas» que lo cerraron
por tantísimas irregularidades. Nosotros hemos alquilado un
hotel con todas las licencias y con todas las garantías. Ese
es el futuro de este negocio, además de tratar a las señoritas
como clientes, no como se les trata en otros sitios.
«
Expansión, futuro, negocio...». ¿Pero los españoles
se van tanto de putas? Y don Justo y Manuel sonríen y mueven
la cabeza de arriba abajo: «Sí, hombre, sí».